Falta poco para elegir presidente y el país partido en dos.
De un lado, los que ya tienen su candidato y están seguros: “este sí va a arreglar esto”. Del otro, los que ya se cansaron: “todos son iguales”.
Quizás te suena familiar. Quizás estás en alguno de los dos bandos.
Aquí va lo incómodo: los dos están esperando lo mismo. Que la política los salve.
Los obispos lo dijeron en su mensaje de estos días: el cristiano “no vota por salvadores” (Conferencia Episcopal de Colombia, Mensaje al Pueblo Colombiano, mayo de 2026).
Y tienen razón, pero por un motivo más hondo del que parece.
El que cree ciegamente en un candidato y el que ya no cree en ninguno cometen el mismo error de fondo: le piden a un político que haga lo que ningún político puede hacer.
Uno lo idolatra. El otro lo maldice. Los dos lo pusieron en el lugar de Dios.
Y nada humano aguanta ese peso: ningún candidato, ningún partido fue hecho para salvarte. Por eso, tarde o temprano, defrauda.
Entonces, ¿votar no sirve?
Claro que sirve.
Es más: es tu responsabilidad. Informarte, discernir, elegir con criterio —vida, justicia, honestidad— no es opcional.
El que se lava las manos también está eligiendo.
Eso sí: el Evangelio advierte sobre los lobos disfrazados de ovejas. Discernir es, justamente, aprender a distinguirlos.
Pero aquí está lo que casi nadie te dice:
tu voto es necesario, no suficiente.
Hay una expresión que en la Fundación repetimos mucho y que suena a iglesia vieja: el Reino de Dios.
Olvídate de las nubes y las arpas.
En el Evangelio, el Reino de Dios es algo mucho más terrenal: una sociedad donde haya amor de verdad, justicia plena y paz real. Aquí. Ahora.
Y esa sociedad no la inaugura ningún presidente el 7 de agosto. La construyen —o la destruyen— millones de decisiones pequeñas. Incluidas las tuyas.
Es fácil indignarse con la corrupción de los de arriba. Es más difícil preguntarte:
- ¿A quién engaño yo cuando me conviene?
- ¿A quién desprecio solo porque piensa distinto?
- ¿Qué hago con el poder que sí tengo —en mi casa, en mi trabajo, en mi empresa, en mi grupo, en lo que publico?
Porque el país no es una abstracción que se arregla allá lejos. El país es la forma en que nos tratamos. Y ahí no eres espectador: eres constructor.
San Felipe Neri, uno de los santos que inspiran a esta Fundación, no cambió su época con discursos ni con cargos. La cambió con alegría, con cercanía, contagiando algo distinto al que tenía al lado.
Esa es la invitación.
Vota, sí. Con la cabeza fría y el corazón despierto.
Pero no salgas de la urna creyendo que ya hiciste tu parte. Tu parte empieza al día siguiente, cuando nadie te está mirando.
¿Vas a esperar a que alguien arregle el país? ¿O vas a empezar tú?